Las heridas del alma

¡Hola!

En esta ocasión quiero platicarles sobre las heridas del alma. A lo largo de nuestra vida, vamos cargando con algunas heridas emocionales desde la infancia y las vamos encubriendo, utilizando algunas “máscaras”, lo que nos ayuda, de manera inconsciente, a mantener las heridas tapadas, por decirlo de alguna manera. Me refiero a “máscaras” como alguna conducta o actitud que tomamos frente a ciertas situaciones.


Esas heridas emocionales se producen cuando un determinado acontecimiento o situación cercana nos genera una emoción intensa de dolor, rabia, tristeza, miedo, desesperación o pánico. Debido a que somos muy pequeños cuando se producen (desde que nacemos hasta los 4 o 5 años), y al no ser conscientes de la situación y del dolor que nos causa, no lo resolvemos de manera adecuada y se quedan con nosotros años y años, hasta que los hacemos conscientes y los trabajamos para sanar. Mientras tanto, utilizamos “máscaras” como protección; una actitud de defensa para ocultar el dolor. Por eso, me parece muy interesante hablar de este tema; al hacernos conscientes de que tenemos una máscara, podemos poner atención a algunas o a todas estas heridas e irlas sanando, irnos quitando esas máscaras para poder fluir y sentirnos más ligeros en nuestro camino.


Empecemos con la herida del rechazo. A veces, puede ser muy sutil y, en ocasiones, muy profunda. Se puede generar de manera consciente o inconsciente dentro de la familia. Un ejemplo se puede dar desde que nacemos; quizá nuestra madre quería que fuéramos niño o niña, o se embarazó sin quererlo, o el padre no quería ser padre, o algo más consciente como que el padre o la madre no quisieron hacerse cargo del bebé y lo rechazan. Este sentimiento de sentirse rechazado, genera una máscara que se conoce como “huidizo”, donde la persona empieza a formarse la creencia de “yo no valgo”; nos hace pensar que no valemos. Debajo de esta máscara está una persona que prefiere no ser vista, prefiere estar en otro sitio, no están donde están, prefieren huir; de adultas son personas solitarias, son personas que, muchas veces, se enganchan en una vida más intelectual o espiritual, no les gusta socializar, hay mucho pensamiento en su cabeza siempre relacionado con que “no valgo”, “no soy suficientemente buen@”, siempre intentan no dar problemas; son personas que prefieren terminar relaciones antes de sentirse rechazados y le tienen miedo al odio. Para poder superar esta máscara, la persona tiene que encontrar el valor en sí. Una forma es hacerse consciente de que, en la mayoría de las ocasiones, cuando un padre o una madre rechaza a su hijo es porque no se sienten merecedores de ese hijo, es decir, por falta de seguridad, por miedo, por no sentirse capaces de poder ser buenos padres o, como no fue algo planeado, no se sienten listos para ejercer el papel de padres y recurren al rechazo, pero el hijo o hija, al hacerse adulto, debe entender que ese rechazo no era contra él o ella de manera consciente; esa creencia de “yo no valgo” era una creencia de sus padres que, seguramente, en algún momento de sus vidas, sufrieron el rechazo también. En un futuro post, les platicaré de lo interesante que es la Genealogía: muchas veces, cargamos patrones, heridas y secretos familiares de manera energética desde varias generaciones atrás, y la única manera de poder romper con ellos es haciéndolos conscientes y cortando esa cadena. Por eso es muy importante rascarle, enfrentar y voltear a ver la herida, y sanarla porque es la única manera de no seguir pasando esa carga energética a las siguientes generaciones.


Una manera de sanar esta herida del rechazo es no huir, demostrarte que sí vales, saber y trabajar con tus pensamientos día a día, y decirte “sí valgo”, “sí puedo”; actuar, arriesgarse, hacer a un lado el miedo y dar el paso.


La máscara del “huidizo” también tiene otra versión: las personas que tienen la creencia de “yo no puedo amar”. Los padres no se sienten con la capacidad de amar, por lo que son muy fríos con sus hijos, muy distantes, huyen del acercamiento y, por lo tanto, el hijo o hija es una persona muy fría también; son muy sensibles, tienen el corazón cerrado, no se comprometen y están cerrados al amor.


La segunda herida es la de la humillación. Esta herida se forma cuando, de pequeños, sentimos que nuestros padres sienten vergüenza de nosotros. Por ejemplo, si nos hacíamos pipi en la cama y nos sentíamos humillados porque los padres nos hicieron sentir muy mal por lo que hicimos, o nos ridiculizaban en público diciendo algo así: “¿cómo puedes salir así vestido a la calle?” “¡Se te ve muy mal eso que te pusiste!” O si salías mal en calificaciones en la escuela y te hacían sentir que eras menso, o te comparaban con tus hermanos... al hacer mucho hincapié en tus debilidades. Estas personas desarrollan la creencia de “no merezco” y la máscara que se ponen es la del “masoquista”. Son personas que buscan, inconscientemente, situaciones donde sufren, buscan responsabilizarse de cosas que no son suyas, buscan cargar mucho peso, no se sienten merecedores de nada, son mártires, a veces buscan relaciones donde son víctimas, donde los traten mal porque piensan que no se merecen que las amen, que no se merecen una buena relación, un buen trabajo… se complican mucho la vida. Muchas veces, se meten en la vida de los demás, no se ocupan de sus necesidades y sufren mucho; tienen miedo a la tristeza.


Para poder quitarse esta máscara, es necesario hacer frente a que “sí mereces”, trabajar en tu autoestima, hacerte cargo de tus propias necesidades, saber que sí te mereces que te traten bien, que sí te mereces que te amen, quitarte el papel de víctima, dejar de buscar situaciones donde sufras, y buscar situaciones que te llenen, pero todo está en tu cabeza y tú debes trabajar en quitarte de tu mente ese pensamiento de “no merecer” por “sí merezco”.


La tercera herida es el abandono. Esto puede ocurrir cuando uno de los padres nos abandonó en la infancia, la vivencia de un divorcio, que los padres no estuvieron en el momento que los necesitábamos o que nos dejaron con algún familiar alguna semana y, de alguna manera, nos sentimos abandonados. Recuerda que son heridas inconscientes; la mayoría de las veces, los padres no actúan de mala fe, para nada, sólo que, como niños, vivimos las experiencias de cierta forma que nos dejan una marca, una herida. Para cubrir esta herida, utilizamos la máscara de la “dependencia”. Son personas que no les gusta estar solos, les da miedo la soledad, dependen de los demás para ser felices, piensan que no pueden hacer las cosas por sí solos, les gusta llamar la atención, son personas indecisas, piden mucho los consejos y la ayuda de los demás para poder dar un paso. La manera de poder sobrepasar esta máscara, de poder sanar esta herida, es dándonos valor, ponernos en situaciones donde nos demostremos a nosotros mismos que sí podemos, ponernos retos, quitarnos el miedo y hacerlo. Muchas veces, esta herida viene también desde otras generaciones. Por ejemplo, el padre repetía mucho “yo no puedo cuidarte” y te dejaba con la abuela; o la madre: “yo no puedo jugar contigo porque tengo mucho trabajo” y a cada rato se repetía el “no puedo”… Entonces, ¿qué pasa? El hijo también absorbe esta creencia de “yo no puedo” y no se siente capaz de nada, se siente abandonado y empieza a depender de los demás. Pero el adulto, al hacer consciente que esa creencia no es suya sino de otras generaciones, puede romper la cadena, el patrón.


No quiero agobiarte con tanta información así que te invito a que, a este punto, analices si te identificas con alguna de las máscaras que has leído y puedas hacer consciencia de las heridas que están detrás de esas máscaras. En el siguiente post, te platicaré sobre las otras dos heridas del alma.


Continuará….


Gracias por ser parte de mi sueño.

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